Caí en un pozo sin fondo llamado “Skinny tok” durante el fin de semana y debo confesar que cuando escuchaba a la gente decir que todas las modas regresaban, no esperaba que la moda que genera trastornos alimenticios también lo hiciera, y es que estamos entrando en la nueva era de la delgadez. Artistas, cantantes, actrices y más han decidido someterse a tratamientos para bajar de peso y han decidido retirarse implantes para verse con menos volumen corporal que solía ser el estándar popular de los últimos años.
Creí que como sociedad habíamos evolucionado y aceptado la
diversidad de cuerpos, pero tristemente el alto consumo de medicamentos para
adelgazar y la subida a la fama de chicas haciendo videos diciendo a los demás
cómo ser delgadas, indica lo contrario.
La gran bandera roja que veo es la información que comparten
sin saber el enorme daño a largo plazo que pueden generar y lo mucho que pueden
dañarse las personas que decidan seguir sus consejos.
Hace algunos años
había dos princesas en internet: Ana y Mía. Ana y Mía tenían blogs dedicados a su nombre
en todos los países y ciudades del mundo, Ana y Mía eran veneradas y adoradas a
puntos extremistas por miles de chicas y chicos, e incluso personas en edad
adulta quienes habían encontrado en ellas los ánimos para ser finalmente
delgadas y gozar con el privilegio de ser tratadas como seres humanos. Ana y
Mía eran nombres cortos para “anorexia” y “bulimia”.
Los blogs de Ana y Mía eran tapizados con las mismas frases
que hoy las chicas repiten como discos rayados en “skinny tok” “¿Cómo vas a
controlar tu vida si no controlas lo que comes?”, “Nada sabe mejor que ser
delgada”, “La gente realmente delgada no come.” Y mientras éstas pueden ser
aparentemente frases inofensivas, todas terminan generando un sentimiento de
culpa al final. A largo plazo ese sentimiento de culpa se convierte una voz en
tu cabeza que no se va, y es que ya no se trata de ser saludable, se trata de
ser delgada y de comer lo menos posible. A TODA COSTA.
Hubo un medicamento realmente popular durante el apogeo de
los blogs de Ana y Mía. Conozco el nombre del medicamento, pero no lo voy a
escribir por que hace poco aún se encontraron cajas de este siendo
comercializadas ilegalmente y hay muchos productos para adelgazar que lo
incluyen en su fórmula (por supuesto sin notificar de esto a absolutamente
nadie) y como yo desconozco quién leerá esto, no quiero dar ideas.
El medicamento del que hablo comenzó siendo utilizado como
un antidepresivo, pero los médicos notaron que los pacientes que lo tomaban
experimentaban falta de apetito como efecto secundario. Lo que eventualmente
llevaba a los pacientes a perder peso de una manera efectiva, ya que jamás iban
a ser auto saboteados por su ansiedad de comer ni por su hambre incontrolable
por que simplemente no la sentían. El medicamento se empezó a comercializar
como auxiliar en la pérdida de peso y se popularizó más rápido de lo que tardas
en decir “hábitos saludables”.
En México su venta era autorizada sin receta médica lo que
por supuesto generó un sinfín de personas automedicándose y los consumidores
más asiduos eran aquellos que padecían algún trastorno alimenticio, ya que el
no sentir hambre era el paraíso de una persona con anorexia. Nunca había sido
tan fácil no comer.
En el año 2010 el medicamento fue prohibido en Estados
Unidos, México y la Unión Europea por causar efectos secundarios como aumento
de infartos y accidentes cerebrovasculares. Pero curiosamente nunca se dejó de
buscar su reemplazo, llegando al desarrollo de nuevos medicamentos para perder
peso.
La creciente demanda de medicamentos para el control de la
diabetes que tienen como efecto secundario la pérdida de peso nos deja saber que,
a pesar de los años, nuestras prioridades como sociedad siguen siendo
superficiales. Es alarmante la cantidad de personas que eligen consumir los
nuevos medicamentos para perder peso, aún conociendo sus efectos secundarios
graves a largo plazo: pancreatitis, insuficiencia renal, tumores tiroideos,
cáncer, ceguera y osteoporosis. Y estoy segura de que en las mujeres hay aún
más, por que se sabe que los laboratorios jamás toman en cuenta la anatomía
femenina.
Aparentemente todos estos posibles efectos secundarios son el
precio que cubrir por ser delgados. Un precio que tristemente miles de personas
están dispuestos a pagar, lo cual es sorprendente considerando que solo el 9.9%
de la población en México cuenta con un seguro de gastos médicos mayores y
cubrir gastos generados por problemas de salud en una economía y un sistema de
salud público que cada vez funciona menos es casi un deporte extremo.
Sería muy fácil decir que el problema se resolvería si se
dejara de vender el medicamento, pero la raíz va más profunda que eso. ¿Cuál es
la raíz del problema de obesidad? ¿Por qué las personas padecen más problemas
de obesidad si estamos rodeados de productos light y sin calorías? ¿Realmente
las personas están gordas porque no se cuidan o es por que la mayoría tiene un
estilo de vida que no permite hábitos saludables?
Definitivamente no estoy tratando de romantizar la obesidad,
pero quisiera abrir la puerta a la reflexión y cuestionamiento ya que en países
como México se implementan medidas ridículas “anti-obesidad”. En las escuelas
se ha prohibido la venta de comida chatarra, pero aún así los alumnos siguen
llevando comida poco saludable desde sus casas. Aunque está comprobado que el
consumo de alimentos altos en carbohidratos y azucares refinados tienen un
enorme impacto negativo en el cuerpo, no existe una regulación a la industria
alimentaria que incluye ingredientes de baja calidad en sus productos, la mayoría
de las veces para reducir costos de producción. Y sería lógico culpar a las
personas que eligen consumir estos productos
(Que son el 99 por ciento de lo que encuentras en el supermercado) y dárselos
a sus hijos, pero la realidad es que la mayoría de los padres trabajan jornadas
de más de 8 horas con un sueldo precario que no les deja tiempo para cocinar
platillos y comida saludable.
Todos los días vemos
comerciales acerca de seguir una dieta saludable y hacer ejercicio, pero la
mayoría de los profesionistas pasan horas en el tráfico para trasladarse a sus
lugares de trabajo y aunque el traslado sería una perfecta oportunidad para
realizar ejercicio, las ciudades son cada vez menos amigables para las personas
que quieren caminar, ya que el transporte público es deficiente, hay pocos
puentes peatonales, las aceras son cada vez más inexistentes, la cultura vial
va en decadencia y la seguridad de caminar por las calles nos dijo adiós desde hace
mucho. La vida del adulto promedio es despertar, salir temprano de casa, pasar hasta
dos horas en el tráfico camino al trabajo, cumplir con jornadas de 10 horas o
más, hacer un recorrido de otras dos horas para volver a casa y todavía
realizar tareas del hogar, cumplir con una dieta saludable y asegurarse de dar 10,000
pasos diarios, todo esto sin descuidar otras áreas de su vida personal. Éste
estilo de vida es insostenible a largo plazo para la sociedad en la que vivimos
y aunque es algo que muchas personas realizamos día con día, elegir hábitos
saludables debería ser algo sencillo y no sentirse como un sacrificio o una
lucha constante.
Por otro lado, la mayoría de las personas que eligen dejar este
estilo de vida en segundo plano, y aceptar su cuerpo con sobrepeso, o que se
alimentan de manera saludable pero no pueden perder peso por un problema
subyacente y carecen de recursos o seguro médico son juzgadas, menospreciadas e
ignoradas por la sociedad.
Visto así no es una sorpresa que la gente recurra a los
trastornos alimenticios y a medicamentos riesgosos para bajar de peso, por que
la alternativa en nuestro entorno social es casi imposible de sostener y
requiere de un tiempo al que solo una pequeña y privilegiada parte de la
población tiene acceso. Mismo caso de
personas que recurren a la comida como un escape y un regulador emocional a falta
de un recurso mejor.
Otro punto que mencionar es el constante bombardeo de
ideales de belleza inalcanzables, la cultura de consumismo ligada al estatus social
y la admiración hacia quién puede comprar más (aunque lo que compran tenga cero
valores nutricionales), impulsado por distintas redes sociales es la cereza del
pastel en el problema de la obesidad, los trastornos alimenticios y el abuso de
medicamentos controlados para perder peso. Todos están estrechamente conectados.
¿Está en nuestro poder cambiar las cosas? Cuestionar el tipo
de contenido que consumimos definitivamente ayudaría. Podemos educarnos y
aprender por nuestra cuenta con fuentes confiables acerca de mejores elecciones
de productos para consumir, aprender cosas básicas de nutrición que harían la diferencia
en nuestras vidas y priorizar el consumo de alimentos saludables en lugar de objetos
innecesarios. Invertir en nuestra salud. Comprar comidas menos procesadas y
hacer elecciones más conscientes de por qué compramos lo que compramos. No
criticar a la persona que decide llevar su propia comida a una reunión ni a la
que deja de salir con nosotros para irse a hacer ejercicio. Es nuestro derecho y deber
como sociedad exigir mejores condiciones laborales y un mejor manejo de
recursos en las ciudades para que nuestra calidad de vida mejore. Tal vez lo
que describo aquí es lo que mi madre llamaría un sueño guajiro pero tal vez,
sólo tal vez pueda existir un futuro sin Ana y Mia y sin skinny tok. O un mundo
donde no comer, no sea el objetivo del día. Tal vez en un futuro no tengamos
que elegir entre salud y apariencia, o entre tener salud y disfrutar de la vida.
Tal vez en un futuro no tengamos que balancear nuestra vida como si fuera un
acto de circo donde todo el tiempo nos tambaleamos en la cuerda floja.
Es momento de cambiar nuestra relación con la comida y con nuestro cuerpo, no por estética, sino por bienestar real. Ojalá podamos llegar a vivir en una sociedad donde sepa más rico ser felices y sanos que simplemente ser delgados.
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